¿Debemos festejar estos 40 años de Democracia?

Iván Fernández E.

 

En una reciente entrevista de www.planv (12-08-2019) a Luis Verdesoto, vocal del Concejo Nacional Electoral, dice que los ecuatorianos “debemos festejar esos 40 años de democracia porque hemos vivido pacíficamente”. En efecto, después de un período de triste evocación para toda América Latina cuando, en la mayoría de países, durante las décadas de 1970 y 1980 estaban gobernados por dictaduras militares de carácter fascista, apoyadas por la Central de Inteligencia Americana (CIA), a través del “Plan Condor”, en el Ecuador (1979). Ante la presión de los trabajadores y de la sociedad civil, los miembros de la Junta Militar decidieron llevar adelante un proceso de retorno al orden constitucional, es decir a la supuesta vigencia de un sistema político sustentado en los principios de una democracia moderna, los Partidos Políticos como actores fundamentales de la política y un ordenamiento jurídico con un equilibrio de poderes (ejecutivo, legislativo y judicial).

Ahora bien, transcurridos 40 años de ese hecho histórico, después de catorce presidentes que se turnaron en el poder, algunos que no duraron ni un año en funciones porque fueron derrocados por la presión popular (¿democracia directa?). De haber tenido tres constituciones (1978, 1998 y 2008), un feriado bancario que le costó al pueblo ecuatoriano más de siete mil millones de dólares y nos llevo a la dolarización, las Fuerzas Armadas como actores políticos decidiendo si “retiran el respaldo” o no a los presidentes de turno, corrupción generalizada (Compra fraudulenta de vehículos recolectores por Jofre Torbay, asesor de L.F. Cordero, gastos reservados con A. Dahik, “flores y miel” con Sixto Duran, la “mochila escolar” y más gastos reservados con Abdalá Bucaram, más todos los actos de corrupción del gobierno de R. Correa), el resurgimiento del populismo como práctica política permanente, en realidad ¿Existe algo por lo cual los ecuatorianos debemos festejar? 

¿Existe una democracia moderna donde se evidencie un equilibrio de poderes? NO, ¿Existe una gobernabilidad responsable con inclusión de los derechos económicos y sociales de la población? NO, ¿Existen partidos políticos fuertes, con filosofía política y cuadros dirigentes de calidad? NO, ¿Existe un Estado democrático que promueve la participación social, el control de la corrupción y políticas públicas responsables con visión de largo plazo? NO. En definitiva ¿Es el Ecuador un Estado democrático? O ¿Nos estamos perfilando como un Estado fallido? Lo cierto es que no tenemos nada que festejar y si mucho que trabajar para salir de esta situación de incertidumbre y de subdesarrollo político y económico.

En un reciente editorial de Fabián Corral, conocido intelectual orgánico de la derecha, (El Comercio 5-08-2019), se pregunta ¿para qué sirve la política? Y se responde: “porque desde hace años presenciamos un espectáculo con bandas sonoras y barras contratadas, que ha convertido la democracia en una farsa, la república en una palabra vacía y la ley en instrumento de dominación. Y se habla de ¡instituciones!, cuando lo que existe es una estructura construida, con malicia y habilidad, para asegurar el éxito de agendas de caudillos y movimientos”.  Patricio Moncayo, sociólogo y analista político, en su columna en www.planv (30-01-2019), también plantea que “la sociedad y el Estado no han podido desterrar formas arcaicas de organización. Las instituciones no han logrado consolidarse. Siguen primando las jerarquías sociales, los vínculos de parentesco, las trincas, los arreglos al margen de la ley. Los partidos políticos son círculos cerrados en los que se cultiva el arribismo, el acomodo, las ambiciones; son ajenos a las ideologías, a la moral, a los deberes con la sociedad y con el país. Hay un divorcio entre las campañas electorales y la tarea posterior de gobierno”. Así se puede mencionar varias visiones coincidentes de distintos investigadores de nuestra realidad sobre las limitaciones de la democracia ecuatoriana, no luego de 40 años de finalizar la última dictadura militar, sino  de 190 años de vida republicana, en que no hemos podido construir una democracia real.

Qué tipo de democracia es esta cuyo resultado es un país con altos niveles de desigualdad social, con un tercio de la población en situación de pobreza y más del 12% en extrema pobreza, con cerca del 60% de la PEA en el subempleo, con altos índices de delincuencia y violencia urbana, corrupción pública y privada y una clase política que constituye una vergüenza nacional, basta ver cómo funciona la Asamblea Nacional y lo sucedido con el Consejo de Participación Ciudadana. Súmese a esto la alta concentración de la riqueza en un reducido número de grupos económicos y de banqueros que declaran haber obtenido las ganancias más altas en la historia nacional en el año 2018.

Frente a todas estas consideraciones, uno se pregunta, como es que después de 190 años de vida republicana, de haber tenido VEINTE CONSTITUCIONES (seguramente record mundial), leyes de fortalecimiento de los partidos políticos, de reestructuración jurídica del Estado, leyes contra la corrupción, una Ley Orgánica de la Democracia y una maraña de leyes orgánicas para regular todo lo que se les puede ocurrir a nuestros “genios de la política”, los legisladores, después de todo ello, no tenemos un sistema político democrático, no hemos podido construir un Estado democrático moderno con inclusión económica, política y social. Y no solo eso, ya hay voces interesadas en que hay que convocar a una nueva Asamblea Constituyente para, como siempre se dice “refundar el país”. Existe, incluso, un “Comité de Institucionalización de la Democracia” integrado por un grupo de “notables”, como si la democracia fuera un asunto de decisiones de especialistas. Como siempre pensando en formulas mágicas “desde arriba”.

Cuando hay problemas estructurales que impiden la organización de una democracia moderna, por mas constituciones maravillosas o “leyes orgánicas”, el resultado siempre será, como dice Agustín Cueva, “democracias que son un cascaron vacio de todo contenido”, o democracias formales que de cuando en cuando convocan a las masas a elecciones para que todo siga igual (la desigualdad social y la concentración de la riqueza), o democracias restringidas para que sean los mismos de siempre quienes se turnen en el ejercicio del poder.

Y es que, desde inicios de la República en 1830, cuando un grupo de terratenientes de la aristocracia criolla, junto a un pequeño número de mestizos de las capas medias y militares venezolanos decidieron hacer del Departamento del Sur de la Gran Colombia, la República del Ecuador,  se impuso desde arriba, o mejor dicho se “copió” por parte de los nuevos grupos dominantes, el modelo de Estado democrático liberal que fue adoptado por los Estado Unidos de América y que se estaba expandiendo por Europa después de la Revolución Francesa. Es decir, el nacimiento del Ecuador no es producto de un proceso político revolucionario donde la burguesía nacional asumía la dirección política del nuevo Estado e iniciaba la construcción del Estado Nacional, al estilo de lo que sucedía en Europa, sino que, simplemente se trasplantaron las declaraciones líricas del modelo liberal  y nació así más bien un “Estado terrateniente – clerical”, que no tenía nada de democrático pues los pueblos indígenas continuaron como servidumbre de la clase terrateniente en el poder comandada por un militar de origen venezolano, Juan José Flores, que se desempeño antes como Jefe del Distrito Sur de la Gran Colombia.

El resto ya es historia conocida, después de los pocos avances democráticos con la Revolución Liberal, con el apoyo conservador y de la Iglesia católica  llego la “plutocracia” o bancocracia guayaquileña al poder y se estructuro el Estado oligárquico liberal, vigente durante casi todo el siglo XX, alternándose gobiernos caudillistas o populistas, dictaduras militares con su “tufo” anticomunista para subordinar al Ecuador a la “democracia occidental y cristiana”, entiéndase a la geopolítica norteamericana, y el caudillismo aún vigente. Es decir, lo que dominó  fue la democracia de los poderosos contra los humildes.

Lo que se quiere destacar es que el Ecuador lleva en su ADN fundacional tres características que se van a convertir en problemas estructurales que han impedido la organización de una democracia real: primero, una tendencia al fetichismo legal, es decir a aprobar leyes que no reflejan o esconden lo que sucede en  la realidad; segundo, una sociedad profundamente inequitativa marcada por la exclusión social de su población por cuestiones de etnia, género y origen social y, tercero, la permanencia del Estado colonial jerarquizado o de carácter oligárquico, lo cual niega toda posibilidad de vigencia de una democracia ni si quiera de tipo liberal, peor aún una democracia moderna de derechos.

Entonces, de lo que se trata es de construir una verdadera democracia que, además de la definición que conste en el papel, se exprese en un mejoramiento del bienestar social de los ecuatorianos, de su mayor acceso a una educación y salud de calidad, a una vivienda digna, a condiciones ambientales adecuadas, a ser parte real de la toma de decisiones, a ser reconocidos y respetados con sus diferencias culturales y/o étnicas, a ser parte de la construcción del ESTADO PLURINACIONAL, tarea que está pendiente, a formar verdaderas organizaciones políticas. Se trata de CONSTRUIR LA DEMOCRACIA DESDE ABAJO, desde el pueblo, de sus organizaciones de base, comunales, sindicales, asociativas, barriales, etc., construir poder popular.

Hay que romper con el mito de que la democracia es participar en elecciones de candidatos que solo representan intereses de grupos de poder, con mecanismos de financiamiento corruptos, “partidos políticos” que son empresas electoreras. Aquí no hay nada que festejar después de 40 años de farsas democráticas, de Neo – Constituciones que nunca se cumplen, de mayor pobreza y exclusión social, mientras un reducido número de grupos económicos se reparten la torta de la riqueza nacional creada por los trabajadores.

Las tareas democráticas por las que debemos luchar son una verdadera reforma agraria que democratice la propiedad de la tierra, que todas las regalías de una minería sustentable con el ambiente vayan directamente a los pueblos y comunidades de las respectivas zonas de explotación y que ellos las administren, luchar por un salario digno, defender una seguridad social al servicio de los afiliados. Si la democracia es el gobierno del pueblo y por el pueblo, hay que defender el Estado de bienestar que invierta en los derechos del buen vivir que son los derechos del pueblo.

En conclusión, la lucha por una verdadera democracia es una tarea pendiente. Lo poco que se ha avanzado hasta hoy solo fue posible por la lucha y la sangre derramada por lo trabajadores: el código del trabajo, el derecho a la huelga, a la organización sindical,  la lucha por la tierra, los derechos culturales, el reconocimiento de los derechos de las minorías, etc. son avances importantes pero las tareas para el futuro son más importantes, en un contexto donde la “democracia neoliberal” trata de avasallar los derechos de los trabajadores, subordinarse a las recetas del FMI cuyos resultados los vemos en Argentina, festinar las empresas públicas y, como es conocido, ya se anuncian nuevas medidas económicas por parte del “gobierno de todos”.

Los ciudadanos tenemos derechos pero también obligaciones y, en ese sentido, es importante que las fuerzas sociales verdaderamente democráticas se organicen, consoliden su unidad, se logre un acuerdo nacional por una democracia de derechos y se actúe políticamente en esa dirección. Hay que superar obstáculos culturales como el mesianismo, pensando que solo algún líder nos va a salvar de la pobreza; o el paternalismo por el cual todos quieren ser amparados por el Estado, perdiendo de vista que el problema es de lucha de clases, no de medidas clientelares. Superar los fundamentalismos religiosos que impiden que los ciudadanos sean sujetos activos de su destino y no esperen que un milagro no saque del atraso y el subdesarrollo. O se avanza en esta dirección o, caso contrario, puede suceder lo que la editorialista Milagros Aguirre (El Comercio 8-08-2019), dice cuando se pregunta: “¿Acabo ya el revanchismo político? ¿O vamos a seguir en las mismas, como perros mordiéndonos la cola, dando vueltas sobre el mismo eje, sin avanzar para ninguna parte?”.

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